La piel de una pantera

Los escenarios de México y España conocen muy bien a Mónica Naranjo. 25 años de trayectoria le han servido para probar por igual la gloria y la soledad. Con una de las voces más prodigiosas de la música mundial, a sus 44 años tira abajo sus escudos y al fin deja ver a la mujer detrás del personaje.

Esta entrevista se realizó en febrero de 2018, en Barcelona.

***

— Maestro Herrero, ¿usted cree que en algún momento de estos 25 años Mónica ha dejado ver a la mujer detrás de la artista?

— Yo creo que todavía no. En la tele ella muestra el personaje que quiere mostrar. La Mónica de verdad, la íntima, la deja para su gente — afirma Pepe Herrero, maestro musical y uno de los mejores amigos de Naranjo.

— ¿Eso son muchas o pocas personas?

—  Muy pocas. Normalmente la gente con mucha fama acaba cerrándose a un círculo muy pequeño. Mónica como amiga es genial. Yo tengo la suerte de poder presumir que es una de mis mejores amigas y sé que la Mónica que vemos en la televisión o en los escenarios no es real. La Mónica amiga es una mujer entrañable, adorable, encantadora y muy divertida. Es una súper mujer en todos los sentidos. Ella normalmente da pocas entrevistas y creo que después de esta no va a conceder una en muchísimo tiempo, pero no es porque sea diva, es por agotamiento. Eso es difícil de entender para la gente. Muchos conocen a un famoso diez segundos o un minuto y te dicen: “¡este es un gilipollas!”. Es mucho más complejo.

***

El atípico silencio de esta tarde en la ciudad condal se ve interrumpido por el sonido de un mensaje que llega a mi teléfono. “Llegaremos media hora antes”, leo en la pantalla. Termino mi café y me doy cuenta de que acaba de caer el primer mito: ese de que las divas se hacen esperar.

Al dar las cinco en punto tomo mis cosas y emprendo mi camino desde Lesseps hacia el Paseo de Gracia. El cielo es gris y la tarde se pone más fría conforme la noche acorta su camino a la ciudad.

Tras veinte minutos andando veo en la esquina un edificio que parece el punto medio entre un palacio y un castillo modernista. Entro al hotel, donde un portero ataviado con traje, guantes y sombrero me saluda atentamente mientras abre una de las puertas de cristal. El vestíbulo me introduce en un ambiente de lujo que parece muy digno de una estrella. Del lado izquierdo veo vitrinas con joyas, zapatos, mascadas y guantes de las marcas más reconocidas, esperando ansiosamente que alguna señora rica fije sus ojos en ellos.

Llego al Café Vienés, lugar preciso en que hemos pactado el encuentro. La cafetería está dividida por impresionantes columnas de piedra roja y extremos tallados en mármol. Cerca de las ventanas unos sofás morados con respaldos ondulados crean ambientes discretos y acogedores que dan la espalda a la sofisticada agitación del Paseo de Gracia. Aquí adentro el mundo es otro.

Me siento en uno de los sillones esquineros para esperar la llegada de la que muchos consideran, es la mayor diva española de la actualidad. Mientras leo la carta, me pregunto cuál de todos los sofisticados platillos pedirá esta mujer, cuyos gustos culinarios deben ser tan exquisitos como la imagen que proyecta.

Cinco minutos más tarde, la misma puerta por la que entré se abre para recibir a Mónica Naranjo, precedida por su manager y flanqueada por dos asistentes.

Su esbelta figura viene completamente vestida de negro, con tacón alto y una larga cabellera castaña que cae libre casi hasta su cintura. Entra en el salón sin deseo de llamar la atención. Extiendo mi mano para saludarla y ella me da la suya con gran delicadeza, pero se acerca rápidamente para el tradicional doble beso en las mejillas.

— Bienvenido, estás en uno de los puntos de encuentro por excelencia de escritores en Barcelona — me comenta con una sonrisa que hace desaparecer mis temores sobre un carácter que me habían descrito como feroz.

Subimos por el ascensor a la primera planta, donde han reservado la biblioteca para nosotros.

Llegamos a una sala amplia, dividida en dos secciones por seis pares de columnas blancas. El suelo está alfombrado con un interesante diseño blanco sobre negro y todos los sillones son morados. Ondas, cuadros, rectángulos, rombos y círculos. Figuras geométricas por todas partes formando un conjunto ecléctico, pero agradable.

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La Biblioteca del Hotel Casa Fuster

La cantante y yo tomamos una mesa justo en medio. Hay cuatro sofás dispuestos en forma de cruz, con una pequeña mesa en el centro. Ella se sienta dando la espalda a los elevadores, y yo me coloco justo a su lado. En la mesa que queda vacía detrás de Mónica hay un libro parado que presenta en su portada a Salvador Dalí. El retrato da la impresión de mirarla con ojos de asombro.

Llega la mesera, y Mónica pide un vaso con agua del tiempo. Nada más.

— ¿Te gusta dar entrevistas? — le pregunto.

— No — responde de forma tajante, pero amable.

— ¿Por qué?

— Yo soy una persona más de acción que de palabra. Entonces, si me preguntas qué hago, yo te diré: música. Y si me preguntas cómo es mi música, te diré: ve y escúchala. Por eso no otorgo muchas entrevistas. Cuando hay cosas importantes qué decir, es cuando hay que darlas. No hay que estar por estar.

Sus vestiduras negras solo me permiten verle el rostro, el cabello y las manos. Sus dedos son muy delgados y sus uñas reflejan un cuidado riguroso. Sus ojos cafés tienen un brillo que en televisión resulta imperceptible. El maquillaje es impecable. Es una mujer guapa, y lo sabe.

No lleva una sola joya encima, y el único adorno que se ha colocado es una bufanda negra que le llega casi a las rodillas. Es una imagen particularmente austera que me recuerda a Mina, la cantante italiana a quien Mónica venera desde joven.

El primer recuerdo musical de su infancia se remite a una sintonía de Televisión Española que indicaba a los padres que era hora de enviar a los pequeños a dormir. “Un globo, dos globos, tres globos, la tierra es un globo donde vivo yo”, canta con una sonrisa.

La niñez es uno de esos temas de los que habla poco. Su padre nunca simpatizó con sus inclinaciones artísticas, no obstante, la música sirvió como refugio para aquella niña humilde cuya voz brillante era reconocida únicamente por su madre. Un mito se levanta en torno a la dificultad de ese periodo de su vida.

— No considero que yo sea una persona que ha sufrido más que tú — me dice —. Yo soy una afortunada. La vida se ha portado conmigo siempre muy generosa. No me puedo quejar de nada. Yo creo que el vivir y el evolucionar consiste en el sufrimiento. Yo no lo veo tan negativo.

Patricia Carrasco, madre de Mónica, era trabajadora doméstica en la casa donde pasó sus últimos años Salvador Dalí. Naranjo iba por las tardes a esperar la hora de salida de su madre. El pintor nunca le prestó particular atención hasta que supo que aquella joven tímida anhelaba ser artista.

— Con 14 o 15 años no eres consciente del gran maestro que tienes delante. No sabes que es una leyenda viva. Te das cuenta cuando maduras y encuentras el significado de lo que representó y sigue representando para el mundo del arte.

— ¿Te dio algún consejo?

— Sí. Me hacía mucha gracia, porque dentro de sus conversaciones personales siempre sacaba a relucir que a él lo sacaron de Bellas Artes, de París, por anárquico. Porque no quería seguir el mismo tecnicismo que los demás a la hora de pintar. Se dejaba guiar por la pasión y eso fue lo que me aconsejó: “haz tú lo mismo, guíate por la pasión y te tiene que dar igual el resto del mundo”. Es lo que he intentado hacer a lo largo de mi vida. Ser fiel a eso. Pasara lo que pasara.

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Alaia Productions

— ¿El resultado ha sido positivo?

— Sí. Sigue siendo positivo y lo será mientras yo me sienta realizada conmigo misma. El verdadero éxito en la vida es elegir cómo quieres vivir. Marcar tú tus pautas.

La adolescencia de Mónica pasó sin que se diera cuenta, en medio de pentagramas, clases y ensayos. No hubo tiempo “para chicos ni discotecas”.

Cuando alcanzó el nivel de preparación que esperaba decidió enviar un improvisado demo discográfico a Cristóbal Sánsano, productor y mánager de artistas, quien la descubrió y logró que Sony Music la fichara con apenas 18 años.

Pese a que el primer paso se había logrado con relativa rapidez, la disquera no sabía qué hacer con aquella joven soprano de cabello bicolor.

Sánsano, quien poco después se convertiría en el primer esposo y mánager de Mónica, decidió no cobrar por su trabajo a cambio de que permitieran actuar a su nueva artista en una presentación de los nuevos talentos de Sony Music en España. Mónica actuó, pero después de esa noche su tierra le dio la espalda.

— No es que aquí no pasara nada, es que el disco ni siquiera salió a la calle — recuerda Mónica con una sonora carcajada. El ácido veneno del rechazo la curtió desde esos días en los que todo parecía indicar que no sería profeta en su tierra.

La joven decidió migrar a México donde una presentación en el legendario programa “Siempre en Domingo” le obtuvo un éxito súbito e inesperado.

— México es mi casa. Todo lo que he aprendido sobre un escenario me lo ha enseñado México. Ese es el país del directo, donde el artista se curte de verdad.

Por momentos la pronunciación de Naranjo carece del clásico seseo español. Ella ha atribuido este cambio en su dicción a los cinco años de formación artística que vivió en México. En aquella época, la cantante se presentaba en sus entrevistas como una artista mexicana y los rumores malintencionados de la prensa corrieron como pólvora intentando socavar la popularidad que la joven catalana ganaba en su segunda patria.

Con un poco de osadía, decido poner a prueba los idiomas de Mónica. Afirma que el francés dejó de hablarlo cuando dejó de practicarlo, pero lo entiende muy bien. El catalán lo usa poco, aunque lo domina a la perfección, y seguimos nuestra conversación en el idioma que dice tener más ejercitado: el italiano.

— L’autostima non è mai stato un problema per te?

— Nella musica?

— Come persona…

— No, quello è diverso. Siempre busqué no mezclar a la persona con la profesional, porque creo que no es bueno. La autoestima musical siempre ha estado. En el sentido personal, me ha faltado hasta el día de hoy.

¿Qué te hace pensar que no tienes una autoestima fuerte?

Me he equivocado tanto… La gente me dice: “tú siempre has sido buenísima, porque eres una mujer fuerte, con un corazón casi de felina. Una tigresa”. Y yo siempre decía: “Sí, sí. En apariencia”.

— ¿Entonces el personaje que creaste era un mecanismo de defensa?

— Siempre lo fue. Y tú también lo tienes — me dice señalándome con el índice.

Desde luego — le respondo.

— Porque eres más joven que yo. Espera a llegar a mi edad. El personaje era un escudo para desconectar. Ningún ser humano está preparado para el éxito y menos para el éxito en mayúsculas. Tú imagíname a mí con 19 o 20 añitos ¡era una niña!

Después de algunos minutos, volvemos al castellano, aunque a partir de este momento el italiano se cuela de vez en cuando en mis preguntas y en sus respuestas.

Nadie le dijo cómo tenía que comportarse aquel personaje que hoy todavía vive en la memoria colectiva de quienes crecieron con ella en los años 90, pero reconoce que las clases de arte dramático le ayudaron a construirlo, pues la idea de exponerse ante el público la llenaba de miedo.

Mientras converso con Mónica me doy cuenta de que poco a poco va quedando lejos la imagen que tenía de ella. Su voz calmada y sus respuestas reflexionadas apartan a aquella joven indomable y ponen ante mí a una dama serena.

— ¿Ante quién estoy hoy?

— Ahora ya no estás con un personaje, ya no tengo necesidad de armarme. Ahora ya no. Es lo bueno que tiene la edad, que te da confianza y serenidad.

— Dices que tenías miedo a la exposición, pero querías ser cantante…

— Claro.

— ¿Por qué?

— Porque sabía que era muy buena.

***

En la primera década del 1900, un hombre enamorado tuvo un sueño visionario. Quería dar a su esposa una casa majestuosa para vivir con su familia en Barcelona.

Movido por ese anhelo, Mariano Fuster acudió ante el maestro Lluís Domenèch i Montaner para que proyectase el regalo de su amada Consuelo. Fue así que en 1908 comenzó la construcción de la monumental Casa Fuster, declarada en aquel momento la casa más cara de Barcelona.

En 1911 la familia llegó a habitar su nueva morada. Ocho meses después, Consuelo Fabra i Puig, musa del maravilloso palacio, falleció.

El señor Fuster decidió vender la casa en 1922 y fue comprada por una de las familias que rentaba un departamento en los pisos superiores. Durante la Guerra Civil Española, el régimen la expropió completamente para convertirla en un centro de acogida y socorro. Una vez finalizada la guerra, el edificio fue devuelto a la familia.

Con el paso de los años, la propiedad pasó a manos de la compañía eléctrica catalana Enher, que compró cuatro estructuras aledañas en el Paseo de Gracia con el objetivo de destruirlas y erguir un rascacielos. Los barceloneses se opusieron por completo a este proyecto, pues esta es la última casa diseñada por el gran Lluís Domenèch i Montaner, maestro del modernismo catalán y de sus mayores exponentes: Josep Puig i Cadafalch y Antoni Gaudí.

Para el final del siglo pasado la casa fue puesta en venta y comprada por un empresario de Granada que iba caminando por la zona y quedó enamorado de la estructura.

En 2004, sus puertas abrieron de nuevo para desvelar una casa restaurada y convertida en el gran hotel de lujo en el que estamos hoy. Este es el hotel preferido de Mónica, quien desprecia otras opciones minimalistas asegurando que “a mí lo que me gusta es la historia”. El espacio en el que estamos sentados era justo el lugar en el que la familia Fuster recibía a sus invitados.

Mónica muestra interés por cada detalle sobre la historia de esta estructura cuando el administrador del hotel llega a darle la bienvenida. El hombre, de acento catalán y una cortesía plagada de elegancia, menciona haber estudiado a detalle el diseño original proyectado por Domenèch i Montaner, arquitecto que edificó también el Palau de la Música Catalana. En cuanto Mónica escucha el nombre de ese aclamado auditorio, se vuelve hacia mí entusiasmada y me pregunta si lo conozco. Le digo que sí.

— Mira que he pisado escenarios en el mundo a lo largo de mi vida, pero el Palau de la Música, algo tiene. Algo mágico — comenta con un tono de voz cargado de misticismo.

— ¿No es el cariño por la tierra el que habla? — le pregunto.

— No. No. Tiene algo. No sé explicar muy bien qué es. Igual que el Anfiteatro de Mérida. Tienen algo especial. Tienen mucha energía. Ahí se ha quedado algo. En el momento en que te subes al escenario para ensayar es como si te sintieras arropada, apoyada, abrazada. Todo forma una comunión. Es perfecto.

Bastan unos minutos de contacto con esta mujer para darse cuenta de que percibe las cosas de una forma distinta al resto de nosotros. Ella ve lo que pocos, y siente como pocos.

El espíritu irreverente de Naranjo encuentra un referente en la cantante italiana Mina Mazzini. La Tigresa de Cremona decidió rebelarse ante el escrutinio insufrible de la prensa y la imposición de la industria de hacer conciertos sin parar. Hace 40 años no pisa un escenario, no se deja ver y no concede entrevistas, aunque desde su exilio en Suiza lanza un disco al año para un público fiel y renovado que la espera con paciencia. Cubrió su figura de misticismo y su voz extraordinaria se quedó sin rostro.

— Mónica me llamó para que hiciera los arreglos de algunas canciones para un disco que quería hacer completamente con el repertorio de Mina — recuerda Massimiliano Pani, hijo mayor y productor de Mazzini —. Traté de adaptar los arreglos a Mónica sin alterar las canciones. Ella cantó brillantemente y mi parte de las piezas estuvo lista en relativamente poco tiempo. Recuerdo que cuando combinaban mi parte de producción con la de los otros arreglistas el conjunto de piezas era muy variado e interesante. ‘Minage’ fue un gran álbum para una cantante joven, pero de gran talento.

De ese álbum se desprende el que quizás sea su mayor éxito comercial: Sobreviviré.

A comienzos del presente siglo su lanzamiento internacional, emprendido por Tommy Mottola, quedó en el aire por problemas internos en la compañía disquera. Le fue retirado el apoyo para la promoción y su cuarto álbum de estudio “Chicas Malas” (2001) no dio los resultados esperados.

Tras el fracaso de su lanzamiento al mercado anglo y previendo imposiciones discográficas que no le satisfacían en lo absoluto, algo dentro de Naranjo se cerró.

Se fue del ojo público sin decir adiós para buscar un hogar entre los escombros de su soledad. Dejó de cantar por dos años, para un total de siete en el autoexilio.

— Me acuerdo que tuve una conversación muy interesante hace unos años con mi comadre Rocío Jurado, cuando me retiré. Ella me preguntaba si no echaba de menos el escenario, yo le dije que no. Rocío me dijo: “¡qué rara eres, hija! ¡qué pena! ¡cuánto talento!”, pero era la verdad. No eché de menos nada.

Decidió no volver a trabajar en exclusiva con una multinacional, pues consideraba que no accederían a pagar nada de lo que ella proyectaba para su carrera. Le propuso a Sony pagar ella la producción de sus próximos álbumes y finalmente darles la licencia.

— Pues la comunión funciona que te cagas — afirma satisfecha.

Sus producciones desde Tarántula (2008) han presentado a su público un rostro de la artista muy distinto del acostumbrado. Su último álbum, Lubna (2016), es una ópera rock basada en un libro que llegó un día a sus manos y le tocó el alma profundamente.

Para dicha obra fueron necesarios siete años de trabajo, pero Mónica prefiere una década en el estudio antes que presentar un trabajo del que no esté orgullosa.

— Mónica es una mujer extremadamente exigente — me comenta Pepe Herrero —. Su nivel de exigencia roza la locura. Si no hemos acabado algo en una noche de trabajo, ella no duerme esa noche. Yo me considero un profesional muy exigente, pero el nivel de Mónica es exagerado, tanto que ella llega a sufrir. Con Lubna nos sometió a su equipo a un nivel de exigencia brutal. Acabamos destrozados, pero es más lo que se exige a sí misma.

Por momentos me parece un poco contradictorio que esta mujer de orquestas haya empezado su carrera en el pop, pero afirma que en su juventud se sentía identificada con aquellas canciones. Con la edad su formación de conservatorio terminó por llamarla “de vuelta a casa”.

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Mónica recuerda bien esa época en la que la globalización parecía inexistente, cuando esperaba un disco de Whitney Houston “como agua de mayo”.

— Me iba corriendo a la tienda de discos, llegaba a casa y con gran cuidado le quitaba el plastiquito para que no se rayara. Dabas gracias por tanta maravilla, por tanto virtuosismo. Hoy estamos viendo una forma casi industrializada de hacer música.

Para este año tiene programado un lanzamiento, aunque no sabe si lo publicará únicamente en formatos digitales, pues “la música está continuamente cambiando y tenemos que ir amoldándonos y ver por dónde nos sale el sol”.

— Este año no va a sacar un disco como tal — me dice Herrero —. Ella está en una fase de recuperación, pero no quiere dejar la música del todo. Lanzará pequeñas obras sueltas. La época en que Mónica se enfrente a un nuevo disco aún está por llegar y será dentro de bastante tiempo.

La intérprete asegura que su egocentrismo no ha llegado al nivel en el que puede asegurar que un proyecto tendrá éxito. Para ella lo importante es publicar lo que le guste, cosas viscerales, que nazcan de su interior al postrarse ante un piano, sin importar el estado de ánimo en que se encuentre.

— A mí nunca me van a dar un Grammy. Nunca. Yo no formo parte del sistema de la música. A mí me tienen como la antisistema — afirma entre risas —. Yo no hago música para la radio fórmula, no me apetece pagar el impuesto revolucionario para que suene mi música en radio y no estoy a favor de sacar discos cada 16 meses. Fíjate en el hecho de que un disco clásico como Lubna llegue a vender lo que ha vendido y que ni siquiera tenga una nominación… ¡Ya te lo estoy contando! Ni siquiera un Premio Ondas en mi país… Pero es normal, no estoy dentro del sistema. No me puedo quejar.

¿Te gusta la fama?

¿Qué entiendes tú por fama? — me pregunta con interés.

La entiendo como el reconocimiento del público, pero no sé si ello conlleva su cariño.

Eso no es importante. El otro día vino a Operación Triunfo Pablo Alborán y dijo una cosa muy cierta: no es importante que te quieran mucho, sino que te quieran bien ¡me quedo con esa frase! Pablo ahí estuvo acertadísimo. Que te quieran bien… Da igual de dónde venga el amor.

Entonces sí te gusta la fama…

A ver. Yo tengo un trabajo que amo, y comporta esto.

Pero lo buscaste…

— Claro, es que una cosa va cogida de la otra. El arte es algo que nosotros exponemos. El mío es un trabajo más. Analízalo. No lo quiero ver de otra manera. Por ejemplo, si tú tienes un lugar donde te gusta mucho el pan, siempre vas a comprarlo ahí. Pues un artista es lo mismo. Si te gusta el artista cada vez que saque algo irás a comprarlo.

— O vas a descargar el álbum de YouTube…

— A ver… YouTube ya no. Ahora mismo tenemos Spotify… — dice mientras ríe cual niña traviesa — Yo tengo el Spotify Premium porque creo que ha sido la panacea. Pero sí que tengo que serte sincera: la cultura está huérfana, de padre y de madre, y en los años tan pobres que hemos pasado musicalmente yo, como tantísima gente, me he sentido desestimada al ir a comprar un álbum y ver que, de los doce cortes del disco, solo uno vale la pena. Pues va a ser que no, va a ser que primero lo voy a descargar, lo voy a escuchar, y si me gusta lo voy a comprar.

— ¿No estás peleada con eso?

— No, no. Al contrario. Es que yo estoy siete años en el estudio para hacer una obra, pero cuando la edito estoy completamente convencida de lo que he editado. Hay muchos artistas que hacen discos porque buscan la excusa de entrar en gira ¡ostia! Después de escucharlo te das cuenta de que es una tomadura de pelo. Las letras que presentan son demenciales, mientras yo me paso noches sin dormir escribiendo el coño de las letras. Los discos no son donas, hay que esforzarse. Hay que hacer trabajos brillantes.

***

— ¿Qué significa para ti España?

— España es casa.

— ¿Y Cataluña?

— Es que también es casa.

— ¿Te mantienes alejada de todo el desastre político que hay actualmente en Cataluña?

— Mira, yo vengo de una familia de andaluces. Nosotros somos la primera generación de catalanes. Mis dos abuelas han vivido y sufrido la Guerra Civil Española ¿qué te voy a contar? ¿qué no hemos aprendido nada? El día 1° de octubre acabé deshidratada. No podía dejar de preguntarme: “¿qué está pasando?”.

— ¿Fuiste a votar?

— No. Los artistas no tienen que estar nunca vinculados con la política.

— ¿Y no fuiste a votar por tratarse del ‘Procés’ o normalmente no votas?

— Yo nunca voto. Nunca. Tengo amigos y amigas políticas, pero yo, nada. Nunca he votado. Sigo fiel a mis convicciones.

— ¿Y no dices nunca qué ideología apoyas?

— No. Yo vivo y dejo vivir.

— ¿Qué opinión tienes de la monarquía?

— La monarquía es una cuestión histórica en nuestro país.

— ¿Te gusta?

— ¡Claro! Me representa. Se quieren hacer tantos cambios que a veces no se piensa correctamente.

— ¿Conoces al Rey?

— Al actual, sí. Es una persona cercana, muy juiciosa. Y me encanta porque siempre se salta el protocolo. Eso me fascina.

— ¿Y la reina?

— Es una mujer de gran carácter, inteligente, culta y preparada. Letizia mola mucho.

— Entonces podemos decir que valoras el papel de la monarquía en la sociedad de hoy.

— Sí. Es algo histórico. Yo creo que a veces los seres humanos malgastamos mucha energía en cosas que no merecen la pena. Yo soy más básica en ese aspecto. Yo me he criado en una casa dividida por la política. Mi padre ultraderechista y mi madre de izquierdas. Yo sin entender un carajo… Pero te digo que me pasó a mí y a mis hermanos también. Esa fue la consecuencia de vivir esas peleas, derrotas y victorias en casa. No entendimos nunca un carajo. Acabamos separados y enfadados. Por eso también la política y todo lo que signifique separar, no va conmigo.

— ¿Eso aplica para el ‘Procés’?

— Así es.

***

— Te voy a contar una cosa que a lo mejor te va a sorprender — me dice Mónica cuando le pregunto por los abusos sexuales en la industria del espectáculo —. A mí nunca me ha pasado, porque como la gente nunca ha tenido claro si era un hombre y ahora soy una mujer, o si soy lesbiana, nunca me han entrado. Una leyenda urbana me ayudó a que nunca me pasara.

Esa anécdota es un ejemplo del misticismo que ha cubierto a Naranjo a lo largo de su vida. El famoso personaje que construyó para protegerse del frívolo mundo de la fama jugó con una ambigüedad que creó tanto morbo como misterio.

— ¿Tienes una opinión para todo? — le pregunto.

— No. No la tengo, pero la busco.

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Mónica creció en un kínder de misioneras católicas. Hoy, al analizar la situación de la Iglesia afirma que el Papa Francisco le ha otorgado un paso hacia adelante, pues “existe realmente el respeto al prójimo hacia nosotros como colectivo gay. Nos ven como personas que somos libres a la hora de amar. Ya no nos ven como si estuviéramos malditos o enfermos. Yo creo que años atrás no hubiéramos pensado que iba a llegar un Papa que revolucionaría la Iglesia. Una vez le pregunté a un compañero gay que tenía en la televisión si creía que la Iglesia nos quería. Él me dijo: ‘sí, ahora sí’. Pues yo también lo pienso. Ahora sí nos quieren”.

Esta visión quedó plasmada en el video de su canción Jamás (2015) en el que una madre (Mónica), cuyo hijo adolescente acaba de morir, acude a una pequeña Iglesia. Con una cruz colgando en su pecho y de rodillas ante la Virgen, la dama llora su pérdida y confiesa su amor por otra mujer.

— La ignorancia es muy atrevida. Todavía hay personas que piensan que es una enfermedad, o que no estamos equilibrados, pero si les preguntas por qué lo piensan te cuentan que en una cabalgata del día del orgullo gay vieron a dos señores simulando una felación. Ahí te das cuenta de que eso no ayuda. No tendría que pasar. Se puede festejar, pero si realmente queremos reivindicar nuestro espacio y pedir respeto, tenemos que respetar. Esas actitudes no nos ayudan. Piensa en una casa de un pueblito, donde hay un chaval o una chica homosexual que nunca podrá decir que lo es, porque resulta que sus padres en la cena dirán que aquellos son unos enfermos asquerosos. Flaco favor le estamos haciendo a esa persona que va estar viviendo una doble vida o no aceptando una orientación simplemente porque han mutilado su manera de sentir.

***

Para este punto de nuestra conversación hay dos temas que permanecen en lo oculto: del primero nunca ha hablado y del segundo ha dicho poco, quizás para no alimentar con su dolor el morbo de la prensa.

— ¿Qué piensas si te digo el nombre de Alaia? — su rostro cambia y respira brevemente.

— Pues… Alaia hubiera sido el nombre de una bebé que esperábamos y que al final… Pues bueno… La perdí.

— ¿Aprendiste algo de esa experiencia?

— Que la vida es frágil. Es lo que hay…

— ¿Cerraste ya esa puerta?

— Sí. Al final me di cuenta de que ya estábamos bien. A parte Aitor ya tenía unos años — dice, y guarda unos segundos de silencio —. Si hubiera venido otro, hubiera venido. Pero no vino.

— ¿Estabas abierta a quedar embarazada de nuevo?

— Sí, sí.  Pero no vino. Y si no viene es que no tiene que venir. Y si vienen, tienen que venir.

— El fallecimiento de tu hermano ¿cambió en algo tu visión de la muerte?

— Lo cambió todo. Cambió algo importante, y es que la vida nos pertenece. Cuando falleció mi hermano, estaba enfadada. Muy enfadada con él porque no pude comprender cómo decidió quitarse la vida. No lo entendí nunca. Era como decir: “¡Dios mío, qué barbaridad! ¿qué estábamos haciendo? ¿qué ha pasado?”. Y después de muchos años me di cuenta de que no teníamos el derecho de estar enfadados. Él simplemente se cansó.

— No se puede juzgar…

— No. No se debe. Tú no estás dentro de él y no sabes lo que está sufriendo. No sabes. No puedes condenarlo. Siempre podré decir esto, tanto yo como mi hermana y mi familia: ayuda nunca le faltó. Lo que pasa es que estaba enfermo. Las drogas y la depresión no son un buen coctel. Y eso fue lo que se lo llevó.

— ¿Quedó algún remordimiento en ti?

— No. Quedó enfado… ¡Joder! Si hemos sido uña y carne ¿qué ha pasado? En su mente enferma pensó que íbamos a estar mejor sin él. Fíjate… Si me preguntas si lo llevo bien, te diré que no tengo otro remedio que llevarlo bien. Uno puede llevarlo, pero aceptarlo no. Es muy difícil. No hay un día de mi vida que no le eche de menos. Nos llevábamos muy poco, parecíamos gemelos.

— ¿Crees en Dios?

— ¿En qué forma? ¿De forma religiosa?

— No.

— Yo creo que Dios vive en cada uno de nosotros. Es la energía que nos mueve. Esa pregunta me la hizo una vez mi hijo. Él se preguntaba por qué los otros niños del colegio hacían la comunión, y un día, estando en el Montseny, en Barcelona, le dije: “todo esto tan bonito que nos rodea. Lo que vemos, los actos de las personas y los hechos. Eso es Dios”.

— ¿Te identificarías como católica?

— No. Es que yo ya soy persona, y con eso tengo bastante.

***

Pese a las horas de conversación el maquillaje de Mónica sigue intacto. Gilbert y José — sus asistentes — están al fondo del salón. Cada uno carga al hombro dos bolsos con la indumentaria necesaria para una emergencia.

Gilbert, su maquillista, lleva más de una década en el equipo de Naranjo y me comenta que aunque ya conoce sus gustos a la perfección, parte del mérito por su apariencia majestuosa, es de ella misma.

— Es una mujer que sabe lo que quiere — afirma.

José es quien se encarga del estilo de La Pantera. A él lo reconozco por el video de la canción “Perdida”, donde interpretó a un joven con el que la protagonista (Mónica) estuvo a punto de tener un idilio amoroso, hasta que una mancha en la piel del muchacho le indica que se trata del hijo que abandonó en su juventud. Ese video es una muestra de las excentricidades dramáticas que tanto desviven a Naranjo.

Entre los tres hay un gran clima de complicidad y respeto.

Mientras conversamos me pregunto cómo ve su futuro Mónica Naranjo, si considera el retiro, si la reclusión (como en el caso de Mina) sería una opción para ella.

— Mina ha vivido siendo muy fiel a sus convicciones y a su manera de ver la vida. Solamente por eso hay que quitarse el sombrero. Si me encontrara en esa situación, haría lo mismo y me iría de nuevo, sin ninguna duda. Hay que ser honesto con uno mismo. Pero no voy a llegar a ese límite, por eso he dejado de girar. Lo detecté rápido. Empecé a estar un poco casteada y cansada, era el momento de replegar velas hasta la próxima orden.

Le pregunto a Mónica si tiene alguna incursión programada en el cine, y me comenta que está totalmente descartado.

— Me aburre mucho. Yo cuando tengo que hacer un video o una sesión fotográfica como esta, me tengo que mentalizar. Soy una persona muy disciplinada. Me aburre, pero lo hago. Entiendo que forma parte de mi trabajo y lo hago con todos los amores y la mejor de mis energías, pero eso no quiere decir que me guste.

Minutos más tarde, revisamos en una computadora las fotografías que acompañan este texto.

— La verdad es que son estupendas — afirma alguien de su equipo.

Mónica se pone de pie y mira detenidamente la pantalla mientras pasan las imágenes.

— Sí, la verdad es que estaba inspirada — concluye.

— ¿Tienes algún problema con la edad? — le pregunto.

— ¡No! Eso nunca. Yo soy consciente de que llegará un momento en que mi cara será de otra forma, pero yo siempre estaré bien. La cosa más bella del mundo es estar fuerte y ser feliz, el resto me la pela.

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