Día 1: “Si Dios quiere, vamos a llegar”

Temblando de frío por los 4º C que congelan la Ciudad de México, escucho una voz con un acento que me resulta familiar: “venga muchacho, siéntese aquí”, me dice. Volteo y veo a un joven de tez morena, no muy alto, con una camisa blanca, pantalón negro corto y tenis desgastados. Entiendo de inmediato: viene en la Caravana.

Si yo muero de frío estando ataviado con abrigo y bufanda no puedo imaginar cuánto está sufriendo este hombre cuya ropa demuestra que no esperaba encontrarse con un clima así esta Ciudad.

Me siento al lado de este joven en una silla plásticas que alguien dejó descuidada. Nos protege de la lluvia por una carpa blanca abandonada. De repente, la curiosidad me ataca.

Fernando, es un joven de 24 años que salió de Honduras buscando reunirse con su familia en los Estados Unidos. Me cuenta que vive solo desde hace muchos años y la dificultad que tiene para encontrar trabajo lo hizo sentir que no había nada más por qué luchar en su país. Decidió marcharse para no volver.

Este hombre forma parte de un contingente de 2000 personas que llegó a la Ciudad de México en las últimas horas. Solo tienen asegurada (y por poco tiempo): tres platos de comida al día en el Estadio Palillo Martínez, en la Magdalena Mixhiuca.

Esperando poder seguir el paso de este grupo, le pregunto a Fernando cuándo volverán a caminar. Él me dice que no lo sabe, pero que este frío no permitirá que las mujeres y los niños continúen. Sin ellos no van a salir.

Fernando no ignora lo que pasa en el norte. Sabe que Donald Trump ha desplegado al ejército para evitar su entrada al país.

⁃ ¿Crees qué te van a dejar pasar?

⁃ Dios primero, sí. Vamos a pasar – Me contesta mientras dirige su mirada al suelo mojado. Tras un breve silencio, concluye – Tal vez Dios ablande el corazón de Donald Trump para que nos deje pasar.

Me quedo callado. Entro en un momento de reflexión y me doy cuenta de que todas las personas con las que he hablado desde ayer por la noche me han dicho lo mismo: “si Dios quiere, vamos a llegar”.

Estos hombres y mujeres migrantes parecen encontrar a Dios en cada detalle de su camino: en el pan que les regalan, en el ride que les ofrecen, en la comida que les es servida por manos mexicanas dispuestas a ayudar. El sufrimiento es inmenso, pero el consuelo llega justo cuando la esperanza agoniza.

Mientras hablo con Fernando llegan Benigno y Luis, de Honduras y Nicaragua respectivamente. A ellos los conocí hace algunos minutos.

⁃ “Él es de Costa Rica”, dice Benigno refiriéndose a mí.

⁃ ¿Ah sí? Pues es el único tico que hay aquí – responde Luis en tono de burla.

Yo sonrío, pero algo dentro de mí se mueve. Me doy cuenta de que en la frontera norte de mi país hay un muro similar al que vive en las oscuras intenciones del presidente de los Estados Unidos. Un muro pocas veces vulnerado que impide a Costa Rica sentirse cerca del sufrimiento de sus hermanos.

Pese a ello, Fernando me vuelve a ver y dice: “es muy bonito Costa Rica”.

Le respondo con una mirada de agradecimiento y le pregunto si ha ido.

⁃ “Sí, muchas veces” – contesta mientras vuelve a ver a su amigo nicaragüense, casi pidiéndole que no diga nada más.

Luis baja la mirada y dice:

⁃ Sí, la verdad es que Costa Rica es un país muy bonito.

Agradezco el comentario, y le hago saber cuán hermoso me parece Nicaragua. Él asiente, y un momento después concluye: “pues aquí estamos, todos somos centroamericanos”.

Fernando se levanta y va con Luis y Benigno por el desayuno.

Me quedo ahí, pensando por un minuto en los rostros y voces que he escuchado en estas horas.

Pienso en un padre que a veces no come porque solo le importa que lo haga su hija pequeña. Llega a mi mente la voz de una madre huyó con su familia porque las pandillas les dieron dos días elegir: dejar El Salvador o morir asesinados.

Recuerdo al hombre guatemalteco que ha decidido quedarse en la Ciudad de México porque “no vale la pena arriesgar la vida por llegar a Estados Unidos” y de repente vuelve a mi la voz de un joven esperanzado en que se ablande el corazón de un hombre que parece no tenerlo.

Sigo en este trayecto como traductor para una televisora extranjera. Hoy no me toca a mí contar las historias, únicamente ser el primero en escuchar las voces y traducirlas para ser finalmente compartidas por una reportera cuyo espíritu de trabajo me sorprende a cada minuto.

Escribo estas líneas desde un avión que nos lleva hacia Hermosillo, Sonora, donde esperamos alcanzar a la primera caravana para acompañarla por unos días.

En el vuelo casi todos duermen. Las tres horas de demora acabaron con el ánimo de los pasajeros. A mi derecha la reportera escribe su historia mientras el editor revisa el material. Ha sido un día largo de cambios intempestivos, pero es esto lo que nos apasiona a todos.

Es curioso como el periodismo te pone frente a esas historias que tenés que escuchar para que te den una lección de fe y esperanza.

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