Día 2: Margarita, una madre valiente

El día comenzó temprano con un mensaje esperado: “volamos a Tijuana”.

Seguir a la caravana a partir del Estado de Jalisco se convirtió en misión imposible, pues desde Nayarit comenzaron a transportarlos en camiones para agilizar su paso y evitar que se quedara en Sinaloa o Sonora haciendo escalas.

Por segunda ocasión en dos días debemos comprar los boletos en el último minuto. La adrenalina de poder perder el vuelo nos hace correr como pocas lo había hecho. Solo hay un vuelo al día desde Hermosillo hasta Tijuana.

Al llegar a la Ciudad fronteriza le pregunté a la recepcionista del rent a car dónde se encontraba el muro.

⁃ Pues eso que ve por la ventana ya es San Diego, ese de ahí es el muro.

El concepto es impresionante. Dos ciudades. Dos países divididos por un muro que miles desean saltar.

Llegamos finalmente al centro deportivo Benito Juárez, donde han organizado la recepción para los migrantes. Un hombre llamado José Luis llega con su pick up lleno de ropa y juguete. Las mujeres corren con sus niños para alcanzar algo de lo que este hombre ha traído para aliviar su terrible espera.

Después de una hora afuera decidimos entrar al centro de acogida. Ahí el mundo está dividido: hay quien prefiere dormir y también quienes solo quieren jugar. Los niños se divierten como si estuvieran en su pueblo. Muchos no se conocen, pero saben que la persona que tienen frente a sí solo busca un poco de diversión. Con eso es suficiente.

En medio del grupo conozco Margarita. Una madre hondureña que nos cuenta su historia.

Ella salió de Honduras hace un mes y tres semanas con sus dos hijos. Decidió venirse sola porque su marido le pegaba a ella y a los niños, por lo que un buen día decidió partir en busca de un futuro sin violencia.

⁃ “Ya es suficiente no tener ni para comer como para aguantar maltratos” – Nos comenta.

Según nos comenta, estuvo secuestrada junto a otros 40 migrantes en la frontera guatemalteca. Una familia que les había ofrecido hospedaje los retuvo sin explicaciones en una casa sin que pudieran comunicarse con el exterior. Margarita escapó una madrugada con sus hijos. De las otras 40 personas dice no haber sabido nada más.

Junto a ella juega Michell, su “bebé” de 10 años. Es una niña de rostro tierno y una sonrisa contagiosa. Le preguntamos si tuvo miedo en algún momento y ella nos dice que no le tiene miedo al sufrimiento.

⁃ “Yo le tengo miedo al edema cerebral que tengo en mi cabeza, porque me hace desmayarme y convulsionar. Eso sí me da miedo. Pero estar aquí, caminando hacia los Estados Unidos no me da miedo” – Nos dice.

Vuelvo a ver a Margarita mientras traduzco su respuesta de español a italiano. Se me corta la voz, pero sigo hablando. La madre me mira y asiente con orgullo. Su hija es una guerrera.

Muchas voces nos hablan de la represión política en Honduras. Por un momento parece que todos han cambiado su discurso y aseguran estar migrando por persecución política. Tal vez les comentaron que el asilo será negado a quienes huyen por violencia de pandillas o necesidad económica.

¿Cómo demostrar que el Estado los persigue? Eso es algo que deberán hacer dentro de poco, cuando llegue el resto de la caravana y juntos emprendan el camino a la Garita de San Isidro, donde el trámite puede durar de 1 mes a un año.

Nos movemos del Centro Deportivo a la zona del Faro, en Tijuana. Es aquí donde termina México. El muro que separa ambos países parece dividir también el atardecer. Curiosamente, la luz está ahora del lado mexicano.

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